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De Blancanieves a Fiona: nuevos modelos de feminidad

Disney

Desde la aparición de Blancanieves en 1937, las princesas de Disney han sido y siguen siendo los íconos de feminidad de millones de niñas y niños. No obstante, existen claras diferencias entre las princesas y los príncipes de Disney durante la segunda mitad del siglo pasado y aquellos que hoy aparecen en el cine infantil animado, sobre todo en las películas producidas por Dreamworks.

Blancanieves (1937), Cenicienta (1950) y La bella durmiente (1959) fueron las primeras figuras femeninas llevadas a las pantallas del cine infantil. A pesar del protagonismo que tienen en sus películas, todas ellas sostienen la idea de que el lugar de la mujer es el hogar. Víctimas de alguna bruja malvada, estas princesas –que se pasan casi toda la película cantando con pajaritos en el bosque u ocupadas en alguna labor doméstica– terminan siempre siendo rescatadas por un príncipe que promete un futuro lleno de amor.

Tres largas décadas después, el guión que actúan las princesas de los noventas sigue siendo el mismo. Si bien Ariel de La sirenita (1989), Bella de La Bella y la bestia (1991) y Jasmin de Aladino (1992) son personajes que muestran bastante más agencia en su propio devenir, sus deseos y elecciones siguen estando sujetos a encontrar a un príncipe. Aunque Ariel se rebele contra su padre y salga del mar para conocer el mundo, Bella sea una lectora inagotable que sueña con tener una vida fuera de su lugar natal, y Jasmin se escape de su castillo para conocer lo que existe tras sus muros, todas ellas, finalmente, se enrumban en una aventura que las conduce al encuentro con un príncipe encantador.

Existe pues una dependencia de las mujeres frente a los hombres que se halla invisibilizada en estas películas. Digo invisibilizada pues, aunque pueda ser evidente para los adultos, los niños y niñas que miran estas películas se dejan envolver por las historias sin advertir la reiteración de un viejo modelo de feminidad.

Lo mismo sucede con la apariencia física de las princesas. Aunque con diferentes matices, todas presentan una belleza con rasgos claramente definidos: son delgadas y coquetas, de ojos grandes y cabellos largos, de pequeñas cinturas y bustos delineados. El cuerpo de las princesas de Disney está marcado por las expectativas del deseo masculino; la mujer es un objeto para la mirada del hombre y estas películas no dudan en reafirmar esta condición como la más importante de la feminidad.

Ahora bien, la evolución de las princesas no termina ahí. En las películas de los últimos quince años, ha habido un salto cualitativo con respecto a sus representaciones pasadas. Por ejemplo, en Shrek Tercero [Shrek The Third] (2007) las princesas más conocidas de Disney vuelven a la pantalla como amigas de Fiona en el reino Muy Muy Lejano. En este film, en el que se parodian los clásicos cuentos de hadas del cine infantil, hay una escena en que los partidarios del Príncipe Encantador encarcelan a las princesas para reinstaurar un régimen basado en roles tradicionales. Así, mientras que el Príncipe planea asesinar a Shrek frente a todo el reino, Fiona insta a las princesas a tomar cartas en el asunto y enseguida Blancanieves ordena a la Bella Durmiente y a Cenicienta asumir sus posiciones:

Princesas esperando

Como puede observarse en la imagen, las princesas asumen que la posición que les corresponde, como mujeres, es la de aguardar a ser rescatadas. Sin embargo, Fiona entra nuevamente en escena, esta vez muy indignada, para decirles que deben estar bromeando. En ese momento, la madre de Fiona –la reina del reino Muy Muy Lejano— golpea las rocas de la prisión y abre un hueco por donde todas pueden escapar. Fiona exclama entonces que de ahora en adelante serán ellas quienes se encargarán de tomar cartas en el asunto. Así, las dulces y hermosas princesas que durante décadas se habían limitado a esperar que un príncipe las rescate, se transforman en guerreras dispuestas a recuperar su reino:

Feminismo

La secuencia entera de estas imágenes puede entenderse como el intento por crear un nuevo modelo de feminidad que recoja los avances de la emancipación femenina. Como bien lo explica el sociólogo Gilles Lipovetsky -al menos en buena parte de las democracias occidentales- la dependencia respecto de los hombres ya no determina la condición de las mujeres: el derecho a votar ha sido conquistado, se han legitimado casi completamente los estudios universitarios y el trabajo de la mujer y el control sobre la natalidad se ha empezado a establecer como un derecho. Atrás ha quedado el ideal de la mujer de su casa y, en cambio ha aparecido, desde el espacio global de la cultura del espectáculo, el modelo de la supermujer.

Pero, ¿de qué se trata este nuevo modelo? Y mucho más importante: ¿representa aquello que es propio de lo femenino?

Tomando en cuenta los logros de los movimientos feministas del siglo pasado, Hollywood construye en sus películas un modelo en el que las diferencias entre hombres y mujeres han sido borradas. Así, el modelo de la supermujer reconoce que la mujer es un sujeto con igualdad jurídica frente a los hombres pero sin abandonar su condición objetal: Cenicienta y Blancanieves debían ser pasivas y sexis, pero las princesas de la saga de Shrek deben asumir todos los atributos asociados a la masculinidad sin dejar de ser sexis. Si bien este cambio en la cultura popular tiene como precedente la victoria indiscutible contra la subordinación de la mujer en un orden tradicionalmente masculino, no debe perderse de vista que la supermujer trae consigo una recarga de mandatos para las mujeres. Y es que este nuevo modelo construido desde las industrias culturales para reivindicar a la mujer la insta a serlo todo: las mujeres tenemos que estudiar, trabajar y ganar dinero como lo hace un hombre pero sin descuidar el espacio doméstico, la maternidad, la crianza de los niños y, por supuesto, nuestra imagen según manden los estándares de belleza promovidos en miles de medios.

Podríamos decir entonces que hay que poder diferenciar entre tener la posibilidad de ser todo y sentir la obligación de cumplir con esa interminable lista de mandatos sociales, pues el riesgo de lo segundo es que muchas veces las mujeres puedan sentir estos ideales como ajenos y agotadores.

Las industrias culturales no han logrado construir todavía un modelo que explore aquello que es específico y singular en la mujer, pues como hemos visto en las princesas de Disney, lo que se ha hecho es proponer una representación simplificada y espectacularizada de lo femenino. Queda entonces pendiente dar cuenta de esa singularidad femenina que sin duda abarca y va mucho más allá de la simple y clara distinción entre ser sujeto y ser objeto.

 

 

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